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26 de marzo de 2011

Comentario de rizos sobre "Las edades de Lulú"

Título: Las edades de Lulú
Autor: Almudena Grandes
Editorial: TusQues Edidores
Colección: La sonrisa vertical


"Las edades de Lulú, que obtuvo el IX Premio La sonrisa vertical, es una larga historia de amor que, como cualquier historia de amor que no se resigna a dejar de serlo, va haciéndose más compleja y envolvente.

Sumida todavía en los temores de una infancia carente de afecto, Lulú, una niña de quince años, sucumbe a la atracción que ejerce sobre ella un joven, amigo de la familia, a quien hasta entonces ella había deseado vagamente. Después de esta primera experiencia, Lulú, niña eterna, alimenta durante años, en solitario, el fantasma de aquel hombre que acaba por aceptar el desafío de prolongar indefinidamente, en su peculiar relación sexual, el juego amoroso de la niñez. Crea para ella un mundo aparte, un universo privado donde el tiempo pierde valor. Pero el sortilegio arriesgado de vivir fuera de la realidad se rompe bruscamente un día, cuando Lulú, ya con treinta años, se precipita, indefensa pero febrilmente, en el infierno de los deseos peligrosos."

Han pasado muchos años desde que leí este libro, no sabía ni tenía la menor idea de mi sentir, ni había oído hablar nunca de BDSM, pero algo me atrajo enormemente, el erotismo me gustaba, pero me excitaban las otras escenas mas fuertes, no sabía explicar lo que sentía, pero me resultaba agradable sentirlo.

Poco a poco, con el tiempo y metida ya en este apasionante mundo, he comprendido, y también me he dado cuenta por qué me atraía tanto, porque deseaba sentir ese placer con ese dolor.



“            ___¿Llevas algo debajo del abrigo? ___me examinaba con auténtico interés.
             ___¡Pues claro que llevo algo! Ropa. Voy completamente vestida ___intenté parecer ofendida___. De verdad, no adivino por qué le das tanta importancia a mi aspecto, ni que fuera disfrazada de...
             ___Vas disfrazada. Desgraciadamente no sé de qué, pero desde luego vas disfrazada ___no iba a ser capaz de engañarle, así que me limité a cambiar de tema.
Cuando me acerqué a la barra a pedir los cafés, los ocupantes de una de las mesas delanteras, un grupito de alumnos de primero, dejaron escapar risitas sofocadas a mi paso, mientras se llamaban la atención los unos a los otros con el codo.
Me pregunté si no habría cargado demasiado las tintas.
El abrigo no me preocupaba demasiado, siempre resulta bastante llamativo, un abrigo, de lana blanca, pero lo había pedido prestado precisamente por eso, porque necesitaba llamar la atención.
Lo peor eran las medias de sport, de un beige indefinido, que se me enrollaban constantemente en los tobillos. Los elásticos habían opuesto una resistencia verdaderamente tenaz, pero al cabo, después de haberlas hervido tres veces y embutido a presión en la base de sendas botellas de champán durante un par de días, logré que se me deslizaran pierna abajo con auténtica naturalidad, a pesar de que las acababa de comprar y era la primera vez que me las ponía.
Aunque quizá las medias no resultaran tan ridículas en sí mismas, y lo peor fuera el conjunto que formaban con los zapatos. Recordé el corrillo de dependientas que se formó en la zapatería cuando, después de pedir que me trajeran el treinta y nueve del modelo con más tacón que tuvieran en marrón, saqué una media del bolso, me la arrugué en el tobillo y me probé un montón de zapatos estudiando detenidamente el efecto en los espejitos adosados a las columnas, antes de dicidirme por un modelo de salón, muy sencillo, que me levantaba unos nueve centímetros por encima de mi estatura habitual.
Y eso que el día de la zapatería llevaba medias de nylon, normales. Aquella tarde no me había puesto nada, las piernas desnudas, en febrero, y el abrigo, en cambio, abrochado hasta el último botón.”